
LA CANCHA DEL PODER
Por EVENCIO FLORES GUTIÉRREZ
EL FANTASMA QUE CRUZÓ EL ATLÁNTICO
“Un fantasma recorre Europa…”
Marx y Engels difícilmente imaginaron que aquel fantasma que soltaron a caminar en 1848 terminaría cruzando océanos, sobreviviendo revoluciones, enterrando imperios y apareciendo, casi dos siglos después, en las discusiones políticas de México.
Los fantasmas poseen una ventaja sobre los hombres: no necesitan estar vivos para seguir asustando.
Cayó el Muro de Berlín, desapareció la Unión Soviética y China descubrió la curiosa fórmula de conservar a Marx en los retratos mientras dejaba entrar a los empresarios por la puerta principal. Francis Fukuyama anunció incluso “el fin de la historia”. La historia, poco respetuosa de quienes anuncian su muerte, continuó como si nada.
Y aquí estamos.
En México discutimos nuevamente cuánto Estado queremos, cuánto poder estamos dispuestos a entregarle y qué ocurre cuando una mayoría electoral comienza a confundirse con el derecho a ocupar todos los espacios.
No hace falta imaginar a Claudia Sheinbaum leyendo clandestinamente el Manifiesto Comunista, ni a López Obrador vigilando desde La Chingada el cumplimiento de sus diez medidas, para reconocer que varias decisiones del Estado mexicano vuelven pertinente una vieja discusión.
Porque el verdadero debate no es comunismo contra capitalismo.
Es mucho más antiguo:
el poder contra sus límites.
Marx quiso transformar las relaciones de propiedad; Tocqueville temió que un Estado excesivamente paternal terminara convirtiendo ciudadanos en menores de edad políticos; Montesquieu fue todavía más desconfiado y dejó una advertencia que atraviesa los siglos: para que no pueda abusarse del poder, es necesario que el poder detenga al poder.
México intentó responder a ese dilema en dos momentos extraordinarios.
La Constitución de 1857 levantó las libertades individuales frente a los viejos poderes; la de 1917 comprendió que tampoco existe verdadera libertad cuando el trabajador carece de derechos, el campesino de tierra y el niño de educación. Una defendió al ciudadano frente al Estado; la otra obligó al Estado a defender al ciudadano.
Entre ambas construimos buena parte de aquello que todavía llamamos República.
Por eso la pregunta de 2026 no debería ser si el fantasma del comunismo finalmente llegó a Palacio Nacional.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿quedan suficientes contrapesos para impedir que cualquier poder, del color que sea, termine creyéndose dueño de la República?
¿DE QUÉ TAMAÑO ES UNA PATRIA?
Y mientras discutimos quién concentra poder, apareció otra controversia: la doble nacionalidad.
La iniciativa enviada por Claudia Sheinbaum propone que quien aspire a la Presidencia, una gubernatura o la Jefatura de Gobierno capitalina y posea otra nacionalidad renuncie previamente a ella.
La razón parece impecable: quien gobierne México debe tener como interés superior a México.
Pero las frases sencillas suelen esconder preguntas complicadas.
Durante décadas les hemos dicho a millones de mexicanos que viven en Estados Unidos que jamás dejaron de pertenecernos. Reconocimos su doble nacionalidad, buscamos su voto, agradecemos sus remesas y cada diciembre los recibimos llamándolos “héroes paisanos”.
Entonces, ¿un segundo pasaporte disminuye el tamaño de una patria?
Un amigo en Los Ángeles me lo dijo con menos filosofía y mayor claridad:
“Para mandar dinero sí somos muy mexicanos; para gobernar, parece que ya no tanto”.
Benedict Anderson llamó a las naciones “comunidades imaginadas”. No porque sean falsas, sino porque millones de personas que nunca se conocerán pueden sentirse parte de una misma historia.
La patria, entonces, no cabe únicamente en un pasaporte.
Cabe en el idioma que un padre insiste en enseñar a su hijo nacido en California; en la llamada dominical a la madre; en el dinero enviado para reparar la casa del pueblo; en la camiseta de México que aparece en Los Ángeles cuando juega la Selección.
¿Cabe también en dos nacionalidades?
Ahí está el debate -Cantiflas dixit- que merece darse.
Y no necesitamos buscar bisabuelos lituanos o búlgaros de nuestra Presidenta para sostenerlo.
Como preguntaba Juan Gabriel, filósofo popular de una nación que a veces complica innecesariamente lo sencillo: no
¿Pero qué necesidad?
LOS CINCO AROS TAMBIÉN SON PODER
El poder cambia de escenario, pero conserva sus costumbres.
Después de unos Juegos Centroamericanos y del Caribe extraordinarios para México, María José Alcalá, presidenta del Comité Olímpico Mexicano, consiguió otra posición relevante: integrar el Consejo Ejecutivo de la Asociación de Comités Olímpicos Nacionales, ANOC, para el periodo 2026-2030.
No es un nombramiento para engordar currículum.
ANOC representa a los Comités Olímpicos Nacionales del mundo y constituye una de las mesas donde se discute el equilibrio político del Movimiento Olímpico.
Y ahí México tiene memoria.
En 1979, en San Juan de Puerto Rico, Mario Vázquez Raña fue pieza fundamental en la construcción de aquella organización. “Don Mario”, controvertido, poderoso y hábil como pocos, comprendió algo elemental:
quien no se sienta en la mesa corre el riesgo de terminar apareciendo en el menú.
Maquiavelo lo habría entendido perfectamente.
Nos enseñaron que los Juegos Olímpicos son fraternidad, paz y encuentro entre los pueblos. Y lo son.
Pero detrás de los cinco aros también existen votos, alianzas, candidaturas, presupuestos, bloques regionales y relaciones de fuerza.
Pierre de Coubertin soñó con atletas.
Los dirigentes aprendieron muy pronto a contar votos.
Por eso importa que Marijose Alcalá esté ahí. No por la silla, sino por aquello que México sea capaz de hacer desde ella.
Porque sentarse cerca del poder no equivale a ejercerlo.
“YO SOY YO… Y MI FEDERACIÓN”
Y mientras México gana espacios arriba, abajo persisten viejas batallas.
El ciclismo continúa entre inconformidades de asociaciones y cuestionamientos a su nueva estructura federativa. En el atletismo aparecen también interrogantes sobre representatividad, reconocimientos y relaciones con las instituciones olímpicas.
Cambian las siglas.
Cambian los dirigentes.
Cambian los gobiernos.
Pero hay alguien que siempre termina pagando la factura:
el atleta.
Ortega y Gasset escribió: “Yo soy yo y mi circunstancia”.
Nuestro deportista podría actualizarlo:
“Yo soy yo… y mi federación”.
Y a veces sobrevivir a la segunda exige mayor preparación que derrotar al adversario.
El Estado debe vigilar el dinero público; las federaciones respetar sus estatutos y las normas internacionales; el Comité Olímpico defender su autonomía.
Nada de eso debería ser incompatible.
El problema comienza cuando el deportista deja de ser la razón del sistema y se convierte en rehén de quienes disputan su control.
Foucault habría sonreído ante la paradoja: hablamos permanentemente de servir al atleta mientras construimos alrededor suyo una formidable arquitectura de poder.
Coubertin quiso ponerlo en el centro.
Nosotros seguimos perfeccionando el arte de ponerlo en medio.
EL PETROLERO, VIRGILIO Y EL DINERO
Y aparece finalmente un personaje al que habrá que seguir con atención.
Paul Foster, empresario petrolero texano, filántropo y personaje fundamental en distintos proyectos de El Paso y la frontera, aparece cada vez con mayor frecuencia alrededor de historias deportivas vinculadas con Ciudad Juárez y el norte mexicano.
Nos llegan versiones sobre posibles relaciones con proyectos de beisbol, basquetbol, voleibol y hasta sobre movimientos que podrían tocar a los Rieleros de Aguascalientes o una eventual resurrección de los Indios de Ciudad Juárez.
No afirmamos todavía.
Investigamos.
Porque una columna puede tener filo, pero no licencia para convertir rumores en hechos.
Sin embargo, Foster nos permite rescatar una palabra que tiene más de dos mil años: Mecenas.
Cayo Mecenas fue amigo y consejero de Augusto. No escribió la Eneida. No necesitó hacerlo.
Ayudó a crear las condiciones para que Virgilio pudiera escribirla.
Desde entonces su nombre dejó de pertenecer solamente a un hombre y comenzó a designar a quienes utilizan parte de su fortuna para hacer posible aquello que otros saben crear.
El deporte también los necesita.
Y ahí el círculo se cierra.
Comenzamos con Marx preguntándonos cuánto debe controlar el Estado.
Tocqueville respondió preguntando cuánto debe permitirnos decidir.
Montesquieu exigió límites.
Anderson preguntó quién pertenece verdaderamente a una nación.
Maquiavelo nos recordó que incluso debajo de los cinco aros existe lucha por el poder.
Ortega puso al hombre frente a sus circunstancias.
Y Mecenas aparece para recordarnos que la sociedad tampoco tiene que esperar sentada a que el gobierno haga absolutamente todo.
Comunismo.
Capitalismo.
Estado.
Mercado.
Nacionales.
Extranjeros.
Gobiernos.
Federaciones.
Empresarios.
Atletas.
Quizá llevamos demasiado tiempo discutiendo quién debe tener el poder y demasiado poco para qué debe tenerlo.
Porque el verdadero fantasma que recorre México en 2026 no parece ser aquel que Marx y Engels soltaron por Europa hace casi dos siglos.
Es otro más silencioso, más persistente y bastante más peligroso:
creer que cambiar a quien ocupa el poder significa necesariamente cambiar la manera de ejercerlo.
Los fantasmas, después de todo, no gobiernan.
Los hombres sí.
Y por eso, más que temerles a los primeros, convendría aprender a ponerles límites a los segundos.
¡Fuore!
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